(Mongabay Latam/Olga Guerrero Rodríguez).- Se llama Rogitama y está ubicada en Arcabuco, Boyacá. De ser una finca dividida en potreros con erosión severa hace 28 años hoy es un verde centro de avistamiento de 150 especies de aves que atraen al turismo internacional.

A tres horas de allí, en Cota, municipio vecino de Bogotá, se encuentra el Bioparque La Reserva, dedicado a proteger un bosque andino, a recibir ejemplares de fauna víctima de tráfico ilegal y a realizar programas de educación ambiental.

En el occidente de Colombia, a orillas del mar Pacífico, está Bahía Solano (Chocó) un municipio donde funciona Septiembre, una estación biológica de la Fundación Natura que protege a las tortugas marinas que llegan puntuales a desovar cada noveno mes del año.

Son tres Reservas Naturales de la Sociedad Civil (RNSC), la única de 15 categorías de área protegida privada que reconoce el Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Colombia (Sinap).


Esta es la reserva Guadualito, Río Roble en el Quindío, dedicada al silencio, la contemplación de la naturaleza y la investigación. Foto y autor: Reserva Guadualito.

 

La ley la define a las RNSC como: “Parte o todo del área de un inmueble que conserve una muestra de un ecosistema natural y sea manejado bajo los principios de sustentabilidad en el uso de los recursos naturales, y que por la voluntad de su propietario se destina para su uso sostenible, preservación o restauración con vocación de largo plazo”.

Si un dueño quiere de manera voluntaria que su predio sea incluido como parte del Sinap, debe inscribirlo en el Registro Único Nacional de Áreas Protegidas (Runap).

El último reporte del Runap, a julio de 2017, indica que en el país existen 555 reservas que suman 102 277 hectáreas en 25 de los 32 departamentos.

Según el registro, los departamentos que más aportan en número de hectáreas protegidas por la sociedad civil son Casanare, Tolima, Vichada, Valle del Cauca y Meta con 79.954 hectáreas.

Los que tienen mayor número de reservas son: Valle del Cauca (126), Cauca (115), Huila (73), Cundinamarca (56) y Casanare (35), según inscripción ante el Runap.


Fuente: Runap – Parques Nacionales Naturales.

¿Para qué sirven?

La lista es larga y sorprendente, cada área por pequeña que sea, tiene su propia historia y una finalidad.

“Las RNSC complementan los esfuerzos de conservación del Estado, proveen una alternativa importante en el trabajo comunitario y la conformación de nodos que favorecen su participación en decisiones estatales. También facilitan las acciones de monitoreo en áreas públicas y se vuelven actores estratégicos de las acciones de conservación en la región”, opina Carolina Mateus Gutiérrez, de la Subdirección de Gestión y Manejo de Áreas Protegidas de Parques Nacionales Naturales.

Indica que la conservación privada abarca actividades como: preservación de fragmentos de ecosistemas naturales, restauración y regeneración de ecosistemas perturbados, aplicación de prácticas productivas limpias y sostenibles en procesos comunitarios de conservación, enriquecimiento de los ecosistemas con especies nativas, mejoramiento de la conectividad estructural y funcional de los ecosistemas del predio, generación de información sobre biodiversidad, ecoturismo, giras académicas, educación ambiental, entre muchas otras. Todo depende del enfoque del predio, de los intereses de sus propietarios, de la ubicación del mismo y del objetivo que persigue.

Mateus explicó a Mongabay Latam, que la conservación privada es menos costosa que opciones como la expropiación o declaración de áreas protegidas públicas: “Estos mecanismos son voluntarios, lo que garantiza que quienes los implementan lo hacen porque realmente están interesados en la conservación y probablemente sus generaciones futuras también lo estarán”.

En todas partes

Clara Solano, subdirectora de Conservación e Investigación de la Fundación Natura dice que “la biodiversidad y los servicios ecosistémicos están dispersos, no solamente existen en las áreas protegidas del Estado, sino que gran parte de estas se encuentran fuera de esos territorios. Así los ecosistemas estén transformados y degradados, hay áreas para conservar”.

La importancia de esta figura, según el biólogo y consultor Felipe Rubio Torgler, está en que la gente que tiene tierra puede hacer una acción de conservación y producción sostenible: “Muchos de los ecosistemas de Colombia están siendo transformados de manera radical y una forma de que prevalezcan es que las comunidades o familias entren de manera individual a restaurar y a conservarlos”.


Programas de educación ambiental, concientización sobre tenencia de fauna y protección de ecosistemas de montaña son algunas de las actividades de las reservas naturales de la sociedad civil. Foto: Olga Cecilia Guerrero.

 

Toma como modelo el altiplano cundiboyacense, donde los pocos ecosistemas naturales que quedan están en zonas muy altas, cañones o escarpes. “El hecho de que la gente quiera protegerlos y restaurarlos es fundamental, y eso no se hace con las figuras estatales o el ordenamiento ambiental, que incluso no es aplicado por muchas razones”.

Reservar para la vida

Una experiencia emblemática de conservación en Colombia es la finca Meremberg, ‘mar de montañas’, localizada en La Plata (Huila). Fue creada en 1925 como la primera Reserva Natural Privada de Colombia, por Carlos Kohlsdof y su esposa Elfride, provenientes de Alemania.

Matilde (Metchild), hija de los fundadores y Gunther Büch, continuaron el legado. Sin embargo, las 300 hectáreas que procuraban mantener intactas, recibieron presión por tala, caza furtiva y quemas. En 1975 Matilde fue asesinada por defender su bosque.

Un documental de la época cuenta la historia de este lugar cuyo modelo de conservación prevalece lo mismo que los bosques primarios y secundarios que resguarda. Meremberg sigue siendo un escenario de gran importancia para la investigación científica y el ecoturismo en la región surcolombiana.

Entre los pioneros también está la Fundación Natura, entidad que hace 30 años promueve la conservación ‘in situ’ por parte de particulares.

Ha firmado más de 2000 ‘Acuerdos de Conservación’ en diferentes municipios, figura que creó para motivar en los ciudadanos de zonas estratégicas, el cuidado del agua y los bosques.

Estableció seis reservas a perpetuidad con el objetivo de que en caso de que la organización llegara a desaparecer, estas siguieran: Carpanta, Encenillo, Cachalú, El Silencio, Junat y Septiembre, en Cundinamarca, Santander, Antioquia y Chocó.

Otra ong para destacar es la Asociación Red Colombiana de Reservas Naturales de las Sociedad Civil (Resnatur), que desde hace 25 años agrupa las áreas privadas.

Nació de un grupo de amigos amantes de la naturaleza, cuando se promulgaba la Constitución Política del 91; antes de que apareciera la Ley 99 de 1993 que creó el Ministerio de Ambiente y el Sinap.

Resnatur tiene 160 reservas, de las cuales el 83 % pertenece a propietarios y el 17 a poseedores. En cuanto a la administración de las mismas, el 72 % corresponde a personas naturales y el 28 % a jurídicas.

No todas las reservas están registradas ante el Runap, porque el Registro solo permite propietarios.

“En la medida que conectan parches de bosques, las reservas cumplen un papel de vital para el logro de metas del país y para enfrentar el cambio climático”, dice Daniel Manrique, director de Resnatur.

Como tantas otras organizaciones que salvaguardan el patrimonio natural, está también la Fundación ProAves, que administra 21 Reservas Naturales de las Aves en 27 816 hectáreas distribuidas en relictos de bosque altoandino, páramo, bosque subtropical, bosque húmedo tropical, manglar y zona costera.

Estas áreas, según ProAves, son el hábitat de 1123 especies, equivalentes al 60 % de la avifauna colombiana y al 77 % de las aves endémicas del país.

En campo y ciudad

Es importante involucrar a actores que están en la ruralidad y que en muchos casos tienen terrenos en ecosistemas importantes, refiere Clara Solano.

Un ejemplo es la Reserva Natural Privada El Secreto en Miraflores, Boyacá, de 1000 hectáreas, propiedad de la familia Fernández. Aunque no está registrada en el Registro Único Nacional de Áreas Protegidas (Runap), sí hace parte del Sistema Regional de Áreas Protegidas (Sirap), bajo gestión de la Corporación Autónoma de Chivor (Corpochivor).

“La familia hace una gran labor porque en este bosque andino y páramo se protege a especies en peligro de extinción como venado, tigrillo, oso de anteojos y nutria. De allí han salido estudios con 270 especies de aves, mamíferos, anfibios y ha brindado oportunidad a tesistas de varias universidades al tiempo que permite monitorear especies amenazadas”, manifiesta Mauricio Otálora, biólogo de Corpochivor.

Como los Fernández, son incontables los ciudadanos que aportan silenciosa y voluntariamente a la preservación de los territorios.

En Neiva (Huila), el ambientalista Miller Rubio, logró recuperar un lote comunitario mediante una acción popular, antes de que fuera cementado. Con recursos propios sembró cientos de árboles nativos, y tres años después tienen un parque natural en crecimiento, refugio para las aves y los habitantes del barrio Ipanema.

Recientemente, conmovió al país la historia del médico pediatra Carlos Ignacio Riascos, quien a lo largo de 30 años sembró un bosque en Mocoa (Putumayo). Fue esta barrera natural la que salvó la vida de todo un sector durante la avalancha de abril pasado. No pasó lo mismo en las demás áreas desprovistas de vegetación.

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Portada: Ecoparque Los Besotes, departamento de Cesar. Foto de Olga Guerrero.

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