(Mongabay Latam / Alexa Vélez).- La castaña es el segundo producto no tradicional más exportado después de la soya en Bolivia. Eso señalan las cifras oficiales. En el 2015 se exportaron más de 20 000 toneladas de castaña, lo que significó una ganancia de 192 millones de dólares para el país. Para los que se preguntan si existe un negocio que pueda prosperar sin impactar el bosque, la respuesta es sí, los hay. La castaña es uno de esos buenos ejemplos, pero si bien es la principal actividad económica del norte de la Amazonía boliviana, señalan los expertos, que ha llegado la hora de pensar en la diversificación y de controlar las amenazas que podrían impactar los tan preciados bosques de castaña.

Juan Fernando Reyes es director de la ONG Herencia de Bolivia y trabaja desde hace más de 10 años con las comunidades rurales del norte de la Amazonía boliviana para impulsar un aprovechamiento sostenible de los bosques. Reyes confirma que “la mayor parte de los ingresos de la gente rural, local, provienen de la castaña. Eso ha ayudado sin duda a que se conserve el bosque”. Sin embargo, no hay otro producto que le haga la competencia y que implique una ganancia importante para las familias “sigue siendo el único producto que genera ingresos en la mayor parte de la gente, entonces ellos utilizan lo que han ganado con castaña para que les alcance todo el año”. La respuesta de Reyes da pistas de un problema que es evidente: las familias dependen totalmente del negocio de la castaña y no hay otro producto o actividad que se le compare.

La castaña es el segundo producto no tradicional más exportado en Bolivia. Foto: Marco Albornoz.

El proceso productivo de la castaña se desarrolla entre diciembre y marzo, por lo tanto las familias deben organizarse para que los ingresos percibidos les alcancen para cubrir los ochos meses restantes o ingeniárselas para encontrar otras actividades pequeñas que les permitan asegurar su subsistencia.

A esto se suma que los árboles de castaña además son muy vulnerables y no existe una práctica de reforestación de esta especie, como explica Marco Albornoz, asesor productivo de la GIZ que ha estudiado por años el aprovechamiento de la castaña en el norte amazónico. “La mayor parte de los árboles de castaña son adultos y muy frágiles por su tamaño, la envergadura, el follaje es bastante grande, vienen vientos huracanados y los tumban y como no hay reposición la producción cada vez es más limitada, cada familia pierde cada año castaña. Entonces no hay un plan de reforestación, las propias comunidades no han tomado conciencia de la importancia a pesar que son muy importantes económicamente”, señala Albornoz.

Los árboles de castaña son muy vulnerables y aún no existe un plan de reforestación para conservar la población de esta preciada especie. Foto: Marco Albornoz.

El norte de la Amazonía boliviana abarca el departamento de Pando y el norte de los departamentos de Beni y La Paz. Estas tres regiones viven de la actividad castañera, pero Pando sin duda es el departamento más extenso. Para tener una idea de lo que significa el negocio para esta última región, Reyes señala que todas las comunidades ubicadas en el área rural dependen de la castaña. Según el último censo de 2012, aproximadamente 55 000 personas viven en el campo y la producción castañera se extiende incluso hasta dentro de las mismas reservas naturales.

No existe otro producto que tenga la importancia económica que tiene la castaña en el norte amazónico de Bolivia. Foto: Eulogio Suxo.

Las castañas de Manuripi

La Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi es uno de los paraísos naturales del departamento de Pando. Allí vive Manuel Salvatierra, un extractor de castaña de 42 años de edad que pertenece a la Comunidad de Villa Florida. Manuel nos cuenta que para aprovechar la castaña dentro del área natural protegida “Cada comunidad […] presenta una solicitud a la dirección de la reserva para que esta autorice el aprovechamiento y poder hacer el control de la cantidad de familias que realizan la actividad”. Salvatierra explica que las cooperativas que operan dentro de la reserva trabajan bajo el sistema comercial solidario del comercio justo, lo que les permite acceder a un mejor precio por sus castañas, “esto hace que cada familia cuente con más recursos para cubrir necesidades como estudios, salud y otros servicios con los que las familias no cuentan”.

Manuel Salvatierra extrae a castaña dentro de la Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi. Foto: Manuel Salvatierra.

Pero incluso estas familias tienen que buscar otros trabajos al terminar la campaña de la castaña (de diciembre a mayo). Manuel Salvatierra menciona que el resto del año, los ocho meses restantes, sus compañeros aceptan contratos para hacer chacos (trabajar la tierra), participan en construcciones de proyectos municipales, preparan las tierras para cultivar sus alimentos y, algunos de ellos, se ven obligados a trabajar “sacando oro” fuera de la reserva.

Pero Manuel Salvatierra nos cuenta que los bosques de castaña de la Amazonía boliviana están amenazados por las actividades ganaderas. “Es importante el aprovechamiento de la castaña, esta no induce a la deforestación, sin embargo la ganadería es la que más atenta contra la castaña y la deforestación”. Si bien esta actividad no ha ingresado dentro de la reserva, Salvatierra ha podido ver sus efectos en otros sectores de la Amazonía.

El avance de la deforestación en Pando

Para Marco Albornoz, asesor en desarrollo productivo de la GIZ que ha estudiado por años el aprovechamiento de la castaña en Pando, lo que impulsó la deforestación en la Amazonía boliviana fue una ley promulgada en 1996. “La ley Inra de 1996 establecía que para reconocer un derecho propietario (las comunidades) tenían que cumplir la Fes, que es la función económica social, y lamentablemente para muchos de esos barraqueros o de las propiedades privadas la Fes era tener ganadería, tener una mejora en el territorio. Entonces, este ha sido un incentivo perverso para el bosque porque muchas familias desmontaron (deforestaron) solo para cumplir la función económica social”.

Centenares de familias que viven en el área rural de Pando dependen de la actividad castañeda. Foto: Marco Pastor.

Lo más sorprendente, como advierte Albornoz, es que para acceder al reconocimiento de sus territorios, algunos comuneros incluso deforestaron en lugares en los que ni siquiera era viable tener ganado. “A veces se prestaban ganado cuando llegaba la comisión para hacer la verificación. Movían al ganado a un predio, después a otro y así. Pero eso ha sido un incentivo perverso porque mucha gente que preservó el bosque quedó prácticamente sin área, y muchas de esas familias, de los barraqueros que tenían 100 000 hectáreas, 50 000 hectáreas, se redujeron a 50 hectáreas porque solo les reconocieron el lugar donde estaba la infraestructura”.

Albornoz calcula que la habilitación de terrenos para la actividad pecuaria ha arrasado con más de 200 000 hectáreas de bosques en todo el departamento de Pando, con mayor incidencia en los municipios próximos a Cobija, la capital del departamento.

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